Un momento para respirar
Un replicante nos ha vendido una hipoteca
Tratar con un vendedor de hipotecas «es como relacionarte con un replicante: te parece humano y cedes a los afectos que genera, pero por dentro son máquinas. Tú sientes, ellos no», escribe José Ovejero en su diario.
23 de marzo
Esta mañana voy por la orilla de la ría desde Santurce a la acería de Sestao. De camino me cruzo con un hombre que se parece a cierto escritor con quien tuve más trato hace años que ahora. Por asociación, pienso en cómo la arrogancia nos vuelve a todos un poco idiotas: porque nos quita la curiosidad hacia quien piensa diferente y reduce nuestra capacidad de autocrítica.
Nunca me creo a los escritores, o artistas en general, que dicen: yo soy mi crítico más severo. Solo sería cierto en alguien con la autoestima por los suelos, pero entonces no acabaría un libro, tarea que exige un mínimo de confianza en el valor de la propia creación. Me acuerdo ahora de aquel escritor que me dijo: «He escrito un libro de 9… Bueno, a decir verdad, de 10; digo de 9 porque tiendo a ser demasiado exigente conmigo mismo».
Una de las vallas de la acería está cubierta por completo de murales, a cual más horroroso. Uno muestra a Krusty el payaso tirado en el suelo entre la mugre con una botella en la mano. Tengo que recordarme que la fealdad puede tener una función ética. Mostrarnos la fealdad del mundo es una forma de rebelarse contra quien lo falsifica, lo edulcora, nos vende el horror como si fuese belleza. La publicidad de los coches aparcados a lo largo de la valla seguramente los muestra atravesando una naturaleza maravillosa, la misma que contribuyen a destruir. Mucho más honestos los murales, dónde va a parar.
2 de abril
El cambio de casa me ha desgastado física y mentalmente. Hay cosas mucho peores, claro, y lo hacemos por deseo propio, pero me ha puesto en contacto con mundos desagradables de los que solemos estar alejados. Pedir una hipoteca, en la que te hacen sentir todo el tiempo que tienes que merecértela, justificar los más mínimos detalles de tu vida para mostrar que eres de fiar, ver cómo una y otra vez te dan informaciones poco claras, te manipulan para que acabes pagando mucho más de lo que te sugirieron la primera vez; estar a merced de las tácticas de venta tan bien aprendidas de tus interlocutores, de esa mezcla de amabilidad de dientes para fuera y de dureza sin concesiones por dentro; es como relacionarte con un replicante: te parece humano y cedes a los afectos que genera, pero por dentro son máquinas. Tú sientes, ellos no.
El otro factor que nos ha desgastado ha sido la relación con la vendedora, no tan distinta de la que hemos tenido con los empleados del banco. Ella no nos recibe en una oficina sino que nos abre su casa. Parece una mujer afectuosa, siempre dada a abrazos estrechos, que nos ha ido mintiendo desde el primer día, haciendo promesas que nunca cumplía ni tenía intención de cumplir, ocultando con habilidad roturas y desperfectos en la casa. ¿Cómo será vivir así, aprovechándote de que los demás se creen tu fachada y usándola para perjudicarles? En el caso de los empleados bancarios no es que creas su máscara jovial y preocupada por tus intereses y sin embargo nos influye: estamos programados para reaccionar a las expresiones afectivas y tenemos que oponer una resistencia consciente para que no nos afecten.
Me viene a la memoria una frase de El astillero de Onetti, pero me viene de forma imperfecta, así que la busco. Ante el cadáver de Gálvez, uno de sus compañeros de trabajo, Larsen constata: «Lo que siempre dije: ahora está sin sonrisa, él tuvo siempre esta cara debajo de la otra, todo el tiempo, mientras intentaba hacernos creer que vivía…».
Damos Edurne y yo una conferencia conjunta en una universidad. Alguien nos cuenta que un profesor de la facultad de letras afirma no leer a escritoras. Y un imbécil así enseña.
Pienso estos días que los censores de todas las épocas siempre justifican su actividad como una manera de protegernos. Jamás dicen ejercer la censura para conseguir u obtener poder, por un deseo de control, sino que censuran por el bien de alguien y en nombre de alguna moral, superior a la ajena. Más bien, la moral ajena no existe, es pecaminosa, impura, nociva. La censura puede adoptar formas ridículas –como querer acabar con Barrio Sésamo–, pero nunca es inocua.